2 abr. 2014

Un día para llenar de azul los balcones

Cuando estudiaba Psicología, recuerdo esa necesidad palpable en casi todas las personas que estábamos en clase de saber para etiquetar. Nos enseñaron a detectar síntomas a través del DMS-IV, a poner límites en lo que sí estaba dentro de la patología y lo que no, en la causa (o posible causa), en el tratamiento... Aunque de esto último se hablaba más bien poco. Que jodido es salir de una carrera y saber usar las herramientas de diagnóstico y pensar "¿Y cómo lo hago cuando tenga un caso delante? ¿Cómo lo abordo?". Ahorrando mucho dinero y buscando un máster de intervención específica. Así vivimos en una parte de Europa que se cree el ombligo y posiblemente sea otra parte del cuerpo donde no toca la luz del Sol. En fin. Centrando el tema. Recuerdo esa necesidad de etiquetar... Y cada día estoy más convencida de que muchas de esas etiquetas se quedan en eso, etiquetas, y donde no se interviene casi nada.

Pero luego llegas al mercado laboral. A la realidad. Y haces las cosas que te nacen. Las que necesitas. Porque sí, cuando te dedicas a temas sociales buscas la necesidad de obtener algo a cambio. Nada es altruista. Y en este aspecto es la necesidad de saber que lo que haces, ayuda a vivir un poco mejor a tu alrededor y en tu contexto, a poner los puntos sobre las ies y a saber que las cosas se pueden hacer y conseguir.

A veces es un reto quitar ciertas etiquetas de la mente de otras personas. "Pobre, tiene tics. A ver que trabajo encuentra con eso", "Esa obsesión que tiene es un problema para la sociedad. Imagínate que le da un brote obsesivo en su puesto de trabajo", "Claro, tiene que trabajar en un Centro Especial de Trabajo porque no encontrará otra cosa nunca"... Esos son los mensajes que hay muchas veces en mi entorno, aunque es verdad que cada vez menos.

¿Por qué os hablo de esto? Porque hoy es el día de concienciación del autismo, y quería poner un granito de arena. No podía dejar pasar el día sin verbalizar todo lo que podemos aprender de estas personas con autismo. Hay grados, sí. Hay limitaciones, sí. Pero también hay oportunidades para comprender. Se trata de un trastorno sin comprender al 100% por su complejidad y su hermetismo, pero no siempre es así.

Quienes tenéis en vuestro entorno una persona con autismo sabéis lo que nos enseñan cada día. La vida puede ser mucho más sencilla si hablamos claro y sin dar rodeos. ¿Para qué rodear una idea si se puede decir directa? El problema social que tenemos muchas veces y los malentendidos por usar el lenguaje figurado y las suposiciones mentales. ¿Tan difícil es DECIR lo que uno siente? Qué importante es verbalizar y no suponer lo que a la otra persona le pasa por la cabeza... Sonreír y decir el motivo, es necesario. Cuando nos sienta mal una cosa y no la decimos para que no se sienta mal esa persona ¿Por qué no podemos verbalizarlo así de simple? Y si hoy quiero estar en mi soledad porque me apetece, porque me reequilibro de esta manera, porque me gusta mi propia compañía, porque lo necesito... ¿Qué hay de malo? Ser diferente es eso, diferente, no una persona rara. Y quien piense que eso es un problema, o una limitación, que se mire por dentro porque posiblemente algo en su interior no funcione bien y quien necesite ayuda sea esa misma persona. Con lo que me encanta a mí lo diferente y lo especial.

Aprovechad los aprendizajes que nos brindan esas personas con autismo o trastornos derivados. Esas lecciones de vida desde el corazón y desde la serenidad de la cabeza. Desde su interior. Yo sigo deleitándome con la compañía de esas personas que tengo en mi entorno (sobre todo de A.G.F), que a veces me hace tomar conciencia de la importancia de lo sencillo y práctico.




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